III SEMINARIO DE
PSICOANÁLISIS: CLÍNICA DE LA NEUROSIS
Escrito elaborado por: Elizabeth Castro.
Nos dejamos usar no de cualquier
manera
“El deseo del análisis no es un deseo
puro.
Es el deseo de obtener la diferencia
absoluta”
(Lacan, J. El Seminario 11,
Los Cuatro Conceptos Fundamentales del
Psicoanálisis,
Buenos Aires, Paidós, 2016 p. 284)
A lo largo de los años -desde Freud, con Lacan, con otros psicoanalistas y analizantes-, la clínica de la neurosis nos enseña que en un tratamiento el analista pagará con su ser, que sabrá que el intercambio que se llevará a cabo no consistirá en una mera conversación o enseñanza y que se dedicará a calcular intervenciones -con el uso de semblantes- para habilitar demanda, división, cesión de goce, amor de transferencia e identificación al síntoma por parte del analizante.
La demanda -condición del tratamiento- en tanto deformación de la necesidad y que se le dirige al Otro, sólo va a aparecer si podemos ubicarnos como causa de deseo, si podemos aportar nuestra presencia (y ausencia), nuestra voz (y silencio), nuestra mirada (y dejar de mirar), si podemos resguardar un vacío y dejarnos activamente usar para la transferencia, sin descuidar el y en control respecto a nuestra contratransferencia.
Convenimos en que dejarnos usar no quiere decir que estemos dispuestos a lo que sea, ni de la forma que sea, sino que consintamos a ocupar un lugar, el de un semblante de objeto. Por supuesto, no se trata de que asumamos una pasividad, una sumisión o un intento de dominación. Y no, no nos haremos los héroes mártires, los tiranos intransigentes, las máquinas superpotentes, los pobrecitos a sobrecuidar.
Ese lugar, el de semblante de objeto, implica una actividad: trabajamos también colocando límites que respondan a una legalidad, cortando y aportando palabras para acotar. La misma abstinencia del silencio es sumamente activa si constituye una intervención. Y la intervención, que llega a constituir un acto cuando logra producir un efecto, deviene de la ética del deseo del analista –deseo que constantemente debemos constatar- y se justifica por el penar de más del analizante que nos ha autorizado a analizarle.
En definitiva, llevamos al extremo la clínica psicoanalítica de los detalles, cuando buscamos la máxima diferencia que constituye a un sujeto, su singularidad. Para eso, con nuestro deseo encarnado -por tanto no anónimo- alojamos a quien admitimos como analizante, no desde una identificación, una moral o de manera salvaje, sino con su síntoma y lo más advertidos posible de nuestra enunciación y del nuestro, y con nuestra docta ignorancia, sin suponerle de antemano un decir particular.
Nos dejamos usar, pero no de cualquier manera, lo hacemos usando a nuestros propios analistas y a nuestros controladores, para poder sostener un lugar vacío y para no dejar de tener en consideración aquello que nos va a permitir poner al deseo del analista en juego.

