jueves, 30 de octubre de 2025

La cuestión de la posición del enseñante: un uso posible del discurso de la histeria

Producto de Cartel “De lo relativo a lo particular del todos locos”,

Cartelizante Elizabeth Castro, 14 de agosto de 2024.


 

 “de mi discurso, no esperen nada que sea más subversivo que el propio hecho de no pretender darles la solución”. (Lacan, 1969, El Seminario 17, p.74)

“estamos obligados a caminar hasta dar con la idea de cómo podría ser enseñado lo que no se enseña” (Miller, 2011, Todo el mundo es loco II, p. 32)


La cuestión de la posición del enseñante: un uso posible del discurso de la histeria

Cuando en el Seminario 17, Lacan enseña los cuatro discursos, ofrece coordenadas para la posición del analista, en tanto agente que se presta como objeto que causa el deseo en un sujeto dividido, para que pueda enterarse de su propio amo que lo comanda, el inconsciente. El analista encarna un lugar inicial de sujeto supuesto saber, suposición que irá a dar a los dichos del propio analizante. Dicha mutación en la transferencia no es sin una serie de pasos tras una demanda de tratamiento.

Sin embargo, cuando se trata de una universidad, las coordenadas son diferentes. Dado el nominativo de “docente”, del que nos faculta una institución, es posible que se nos suponga algún tipo de saber o saber-hacer. No obstante, no está garantizado el estudiante que se esmeraría por alcanzarlo. Y de lo que la época da cuenta es más bien de un rechazo al inconsciente, tal que la resistencia al saber podría llegar a presentarse como una demanda estudiantil de no demanda.

Más específicamente, si un deseo de enseñar, como el mío, incluye el deseo de transmitir una transferencia por el psicoanálisis, a las preguntas concernientes al enseñante; qué, a quién y cómo enseñar, se les debe añadir un complemento: para que sea posible hoy, en una universidad.

¿Cómo enseñar? Ofreciendo un saber –expuesto-, vale decir saliéndose del resguardo del semblante del sujeto supuesto saber, sin intrincarse en hacer existir al agente pedagogo, en el reinado del pretender saberlo todo del discurso universitario. ¿Qué enseñar? El propio saldo y deseo de saber en tanto analizante. ¿A quién? A estudiantes, sujetos supuesto interesarse por el saber. Para enseñar, se requiere de maniobrar a partir del propio deseo.

Una maniobra que parece tratarse de una elección forzada, si se quiere enseñar, es la de ubicarse en posición de analizante a la hora de hablar. Hablar a viva voz implica más que leer, implica más al cuerpo y requiere un estilo. Sirve para agujerear las referencias, el conocimiento instrumental de las ciencias, los ideales de moda, los imperativos de la época. Se trata de la transmisión de un sujeto dividido, con un síntoma en análisis, que testimonia torsiones, que en lo posible puede dirigir una demanda calculada -en su propio análisis- de pago a un estudiante al que le restituye un lugar entre la masa, de uno, con nombre y apellido y con un cuerpo, diferente de cualquier otro.

Por su puesto -y aunque parezca obvio vale decirlo-, no conviene en absoluto interpretar algún tipo de inversión de la relación lógica correspondiente al primer piso del discurso de donde se desprende el lugar del analizante, tal que nos lleve a pensar al estudiante en posición de psicoanalista. Así tampoco, correspondería tomarle por objeto a educar, analizar o dominar, ni desconocer su similitud con el proletariado, en tanto astudado en el discurso universitario; por lo cual, a mi parecer, más bien favorece, para fines prácticos, suponerle amo en su propia yocracia, ante lo cual la posición de la histeria nos ofrece un saber-hacer.

En el mismo Seminario, Lacan anticipa: “lo que conduce al saber no es el deseo del saber. Lo que conduce al saber es (…) el deseo de la histérica.” (p. 22). Luego agrega, “este deseo de saber, la pulsión epistemofílica, denominación que inventaron, no es nada evidente. Se trataría de ver donde puede surgir. (…) “no es él [el analista] quien lo suscita, sino que se ofrece como punto de mira para cualquiera que haya sido mordido por este deseo particularmente problemático.” (p. 112).

En consonancia, afirma Graciela Brodsky (2023, Los psicoanalistas y el deseo de enseñar, pp. 117-118) que, “cuando el analista en su práctica asume la posición del enseñante, (…) abandona el discurso analítico y pasa al discurso de la histeria, es decir, habla como el analizante sin saber lo que dice, poniendo en acto, a su pesar a veces, la falta que anida en el saber.”

Es esa falta constitutiva la que divide, la que hace pregunta sobre lo que el amo, sea cual sea, no quiere saber de su propio goce. La provocación de la histeria, con su valentía para descompletar(se), cuestiona y resiste a lo que la ciencia se esmera por extinguir y el capitalismo por ilimitadamente mercantilizar. La histeria sostiene sin completar la pregunta sin responder.

Recalcatti (2016, La hora de clase: por una erótica de la enseñanza, citando a Massa) destaca que etimológicamente educar, educere y seducir, seducere, comparten un sentido de “llevar al margen, sacar fuera”. Sin duda, una función posible para la histeria-analizante que enseña es la de portar una invitación a una transformación, una búsqueda, la de dirigir el interés hacia lo éxtimo, para lo cual se requiere causar un deseo por el trabajo analítico.

Como es de esperarse, esta posición no está exenta de complicaciones. Miller, en base a su propio padecimiento al enseñar, lo plasma de la siguiente manera: “Enseñar es sangrar (…) exhibir los propios estigmas (…) Tener una pasión es padecer, es sufrir. (…) La actitud por la cual podría sustituir el yo sé, que es la que sostiene la enseñanza, es la de yo sufro. (…) Pero al percibir lo ridículo del asunto, sustituyo el sufro por el reír, al menos el sonreír. Mejor sonreír que sufrir (…)” (Miller, 2014, Piezas Sueltas, p. 12-13).

Continúa, “Me remito no a lo que sé, sino a lo que en verdad ignoro (…) no es sólo lo fácil, me aburriría sino, voy a lo que se me resiste.” (Miller, 2019, Causa y consentimiento, p. 9) Al leer a Miller, para mí resuena, exponer, no completar, no sólo genera incomodidades, sino también una satisfacción.


Referencias

- Jaques Lacan, 1969, El Seminario 17, p.74

- Jaques Alain Miller, 2011, Todo el mundo es loco II, p. 32

- Graciela Brodsky, 2023, Los psicoanalistas y el deseo de enseñar, pp. 117-118

- Massimo Recalcatti, 2016, La hora de clase: por una erótica de la enseñanza.

- Jacques Alain Miller, 2014, Piezas Sueltas, p. 12-13.

- Jacques Alain Miller, 2019, Causa y consentimiento, p. 9.



Foto de la última reunión del cartel.
¡Todos presentamos nuestros productos! 
Y fue un agrado trabajar juntos.






miércoles, 15 de octubre de 2025

¿Nuevos S1 en las universidades? ¿Qué posición para el enseñante?*

 ELIZABETH CASTRO

 

“La clave está en el cuestionamiento de lo que refiere al goce”

(Lacan, J. El Seminario, libro 17, El reverso del psicoanálisis,

Buenos Aires, Paidós, 2015 p. 191).

 

En el marco de mi rol como docente de la carrera de psicología en tres universidades chilenas, he estado preguntándome acerca de qué discurso es posible articular para hacer clases en universidades, sin caer en lógicas de dominación ni en el fomento de la creciente asubjetivación, bajo las nuevas o no tan nuevas formas de rechazo del inconsciente.

Lo que sabía, es que para enseñar, hace falta un saber-hacer y un semblante distinto del que puede desprenderse de la posición del analista. También que, desde luego, en una universidad no estamos en presencia de un analizante y por tanto no le suponemos ni transferenciado con un sujeto supuesto saber, ni con respecto a su propio decir, sino más bien, frente a un estudiante, ante el cual lo mejor que podemos hacer es considerarle más que un mero consumidor, un sujeto que podría interesarse por su propio amo, su inconsciente.

Revisando el Seminario 17 y lo que otros analizantes de la orientación, han enunciado respecto a los cuatro discursos de Lacan, al falso discurso capitalista y a la transmisión en universidades, he llegado a la conclusión –que dio lugar a un producto de cartel- y en tanto no es posible enseñar sin exponer-, de que un discurso posible de emplear en la enseñanza es el de la histeria, debido a que su provocativa relación con la insatisfacción interroga al goce.

En la exposición que trajo Alejandro Reinoso al Taller, nos advirtió de la importancia de identificar los S1 del discurso universitario hoy: expertiz, garantía, estandarización, entre otros… a los cuales yo agregaría inclusión.

Inclusión de qué, de los goces que sin ser interrogados, quedan justificados y encasillados en efímeros S1 por colectivos, profesionales e instituciones, quienes se esmeran por dar consistencia etiológica, diagnóstica, pronóstico y abordaje universal a los mismos.

Dos posibles ejemplos de estos nuevos S1 que han llamado mi atención, dada su generalización por estos días son “herida/[estamos]heridos/dañados/rotos” y “neurodivergencia”; los cuales, si bien desde sus conceptualizaciones conjeturan diferentes causalidades, parecen compartir una presuposición de individuo como víctima (del otro, malo, negligente, de la sociedad, o del órgano o sustrato biológico inmune a la palabra, respectivamente) obviando una pregunta por el goce de cada quien.

A la fecha, he podido observar en universidades, ante la llegada de estos S1 que ejemplifico, un creciente empuje al abordaje paternalista. No sería de sorprender que hubiese consecuencias en el lazo social y en las subjetividades si una mal entendida inclusión, resultase excesivamente desresponsabilizante para los parlêtres.

Una posición de analizante en una universidad -con un uso calculado de la histeria- nos ayudará a no comprender demasiado cada vez cada nuevo significante, y a no dejar de sostener, en los espacios de intercambio, un agujero en el saber que no se pretenda colmar.

*Escrito para el 6° Encuentro de talleres de biblioteca de la NELcf- Santiago (2024) "Fundamentos freudianos de los 4 discursos lacanianos"; responsable: Carolina Vignoli.