Producto de Cartel “De lo relativo a lo particular del todos locos”,
Cartelizante Elizabeth Castro, 14 de agosto de 2024.
“de mi discurso, no esperen nada que
sea más subversivo que el propio hecho de no pretender darles la solución”.
(Lacan, 1969, El Seminario 17, p.74)
“estamos obligados a caminar hasta dar con la idea de cómo podría ser
enseñado lo que no se enseña” (Miller, 2011, Todo el mundo es loco II, p. 32)
La cuestión de la posición del enseñante: un uso posible
del discurso de la histeria
Cuando
en el Seminario 17, Lacan enseña los cuatro discursos, ofrece coordenadas para
la posición del analista, en tanto agente que se presta como objeto que causa
el deseo en un sujeto dividido, para que pueda enterarse de su propio amo que
lo comanda, el inconsciente. El analista encarna un lugar inicial de sujeto
supuesto saber, suposición que irá a dar a los dichos del propio analizante.
Dicha mutación en la transferencia no es sin una serie de pasos tras una
demanda de tratamiento.
Sin
embargo, cuando se trata de una universidad, las coordenadas son diferentes.
Dado el nominativo de “docente”, del que nos faculta una institución, es
posible que se nos suponga algún tipo de saber o saber-hacer. No obstante, no está
garantizado el estudiante que se esmeraría por alcanzarlo. Y de lo que la época
da cuenta es más bien de un rechazo al inconsciente, tal que la resistencia al
saber podría llegar a presentarse como una demanda estudiantil de no demanda.
Más
específicamente, si un deseo de enseñar, como el mío, incluye el deseo de
transmitir una transferencia por el psicoanálisis, a las preguntas concernientes
al enseñante; qué, a quién y cómo enseñar, se les debe añadir un complemento:
para que sea posible hoy, en una universidad.
¿Cómo
enseñar? Ofreciendo un saber –expuesto-, vale decir saliéndose del resguardo
del semblante del sujeto supuesto saber, sin intrincarse en hacer existir al
agente pedagogo, en el reinado del pretender saberlo todo del discurso
universitario. ¿Qué enseñar? El propio saldo y deseo de saber en tanto
analizante. ¿A quién? A estudiantes, sujetos supuesto interesarse por el saber.
Para enseñar, se requiere de maniobrar a partir del propio deseo.
Una
maniobra que parece tratarse de una elección forzada, si se quiere enseñar, es
la de ubicarse en posición de analizante a la hora de hablar. Hablar a viva voz
implica más que leer, implica más al cuerpo y requiere un estilo. Sirve para
agujerear las referencias, el conocimiento instrumental de las ciencias, los
ideales de moda, los imperativos de la época. Se trata de la transmisión de un sujeto
dividido, con un síntoma en análisis, que testimonia torsiones, que en lo
posible puede dirigir una demanda calculada -en su propio análisis- de pago a
un estudiante al que le restituye un lugar entre la masa, de uno, con nombre y
apellido y con un cuerpo, diferente de cualquier otro.
Por
su puesto -y aunque parezca obvio vale decirlo-, no conviene en absoluto interpretar
algún tipo de inversión de la relación lógica correspondiente al primer piso
del discurso de donde se desprende el lugar del analizante, tal que nos lleve a
pensar al estudiante en posición de psicoanalista. Así tampoco, correspondería tomarle
por objeto a educar, analizar o dominar, ni desconocer su similitud con el
proletariado, en tanto astudado en el
discurso universitario; por lo cual, a mi parecer, más bien favorece, para
fines prácticos, suponerle amo en su propia yocracia,
ante lo cual la posición de la histeria nos ofrece un saber-hacer.
En
el mismo Seminario, Lacan anticipa: “lo que conduce al saber no es el deseo del
saber. Lo que conduce al saber es (…) el deseo de la histérica.” (p. 22). Luego
agrega, “este deseo de saber, la pulsión epistemofílica, denominación que
inventaron, no es nada evidente. Se trataría de ver donde puede surgir. (…) “no
es él [el analista] quien lo suscita, sino que se ofrece como punto de mira
para cualquiera que haya sido mordido por este deseo particularmente
problemático.” (p. 112).
En
consonancia, afirma Graciela Brodsky (2023, Los
psicoanalistas y el deseo de enseñar, pp. 117-118) que, “cuando el analista
en su práctica asume la posición del enseñante, (…) abandona el discurso
analítico y pasa al discurso de la histeria, es decir, habla como el analizante
sin saber lo que dice, poniendo en acto, a su pesar a veces, la falta que anida
en el saber.”
Es
esa falta constitutiva la que divide, la que hace pregunta sobre lo que el amo,
sea cual sea, no quiere saber de su propio goce. La provocación de la histeria,
con su valentía para descompletar(se), cuestiona y resiste a lo que la ciencia
se esmera por extinguir y el capitalismo por ilimitadamente mercantilizar. La
histeria sostiene sin completar la pregunta sin responder.
Recalcatti
(2016, La hora de clase: por una erótica
de la enseñanza, citando a Massa) destaca que etimológicamente educar, educere y seducir, seducere, comparten un sentido de “llevar al margen, sacar fuera”. Sin
duda, una función posible para la histeria-analizante que enseña es la de portar
una invitación a una transformación, una búsqueda, la de dirigir el interés
hacia lo éxtimo, para lo cual se requiere causar un deseo por el trabajo
analítico.
Como
es de esperarse, esta posición no está exenta de complicaciones. Miller, en
base a su propio padecimiento al enseñar, lo plasma de la siguiente manera: “Enseñar
es sangrar (…) exhibir los propios estigmas (…) Tener una pasión es padecer, es
sufrir. (…) La actitud por la cual podría sustituir el yo sé, que es la que
sostiene la enseñanza, es la de yo sufro. (…) Pero al percibir lo ridículo del
asunto, sustituyo el sufro por el reír, al menos el sonreír. Mejor sonreír que
sufrir (…)” (Miller, 2014, Piezas Sueltas,
p. 12-13).
Continúa,
“Me remito no a lo que sé, sino a lo que en verdad ignoro (…) no es sólo lo
fácil, me aburriría sino, voy a lo que se me resiste.” (Miller, 2019, Causa y consentimiento, p. 9) Al leer a
Miller, para mí resuena, exponer, no completar, no sólo genera incomodidades, sino
también una satisfacción.
Referencias
- Jaques Lacan, 1969, El
Seminario 17, p.74
- Jaques Alain Miller, 2011, Todo el mundo es loco II, p. 32
- Graciela Brodsky, 2023, Los psicoanalistas y el deseo de enseñar, pp. 117-118
- Massimo Recalcatti, 2016, La hora de clase: por una erótica de la enseñanza.
- Jacques Alain Miller, 2014, Piezas Sueltas, p. 12-13.
- Jacques Alain Miller, 2019, Causa y consentimiento, p. 9.
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Foto de la última reunión del cartel. ¡Todos presentamos nuestros productos! Y fue un agrado trabajar juntos. |

